Placer a Solas

PLACER A SOLAS

Texto por: Jasmín Cacheux – escritora.

Sheila Rocha, mira al otro. La mirada que durante tanto tiempo se valió de identidad masculina para ser considerada como poderosa, transgresora, hoy, aquí, trasfigurada en forma femenina. Afirmamos que Sheila Rocha mira al otro desde cada pieza de "Placer a solas", aquel que pretende atrapar la imagen, el voyeur, el fisgón, el cazador de imágenes a destiempo; imágenes íntimas que nos susurra la autora a la vista y no al oído; y en tal susurro bien podría caber nuestro nombre, el de quien mira cada imagen, el mismo susurro que en el último suspiro, en el arrebato final, en el clímax, repite cada mujer que hoy miramos.

Susurra un poco más, cada espectador le ruega a la artista Rocha. No hay un sólo espacio en que quepa un deseo que no sea el ajeno, y al tiempo, el nuestro. Miramos y nos miran, círculo perfecto como la pupila, como la imagen envolvente en cada grabado; como los poros de la piel dilatándose al espasmo del placer a solas que nos entrega la autora. No hay otra palabra para descifrar lo que ha hecho Sheila Rocha, entrega, porque la idea de poseer al otro en el acto más íntimo, monólogo infinito de hacerse y deshacerse para sí mismo, es la entrega circular de los cuerpos que no han de conocerse, pero se ansían. Suma y entrega es el erotismo en "Placer a solas", condensación infinita del espacio en que tocar y sentir son música y sentido en cada imagen. Y éste último, el sentido, como la dirección que anota el ojo; una y otra vez la imagen que no podrá poseer, pero atrapa. El ojo, el nuestro y el ajeno que yace sometido al no parpadeo, la imagen lo petrifica, lo suspende.

Sheila Rocha a través del erotismo nos remite a la tradición griega, "En "Placer a solas I", el gofrado nos concede el tacto inicial del botón de mirto, el clítoris expuesto para placer del espectador, que ya bordeamos con la mirada para adentrarnos a lo que no veremos en el grabado, pero queda, en furtivo silencio, nombrado.

En "Placer a solas II" la guardia segura que no nos permite acercarnos, pero que no se inquieta por la mirada de quien suspicazmente sujeta el secreto con la mano izquierda, mientras sostiene una copa con la derecha, líquido quizá del propio Jacinto de agua que rodea la imagen, elíxir afrodisiaco de lo que ha transcurrido sin que lo hayamos visto, pero no por ello desconocido. ¿Qué razón transita en la artista Sheila Rocha cuando llevándonos del azafrán al narciso de su "Placer a solas III" y "Placer a solas IV", nos duplica y polariza la intensidad del voyeur? ¿Nos representa a un tiempo, nos cuadriplica o más directamente nos invita a susurrar con ella?

El azafrán de "Placer a solas III", conduce a la desnudez, la nuestra, en tanto buscamos en el vestido, más allá, más de cerca, tocando, en el otro, en la otra; acariciar el azafrán como sostén de nuestro deseo, sujetarnos en éste sin poseerlo; Rocha parece dictarnos: esa mujer es el deseo, esa mujer no estará contigo, se pertenece.

En "Placer a solas IV", Sheila Rocha traza la línea delgada entre la nostalgia por aquello que se ha perdido y lo que habrá de ser. Ella la mujer que se mira y es mirada, hacia afuera, hacia sí, hacia nadie, porque el espectador la absorbe, bebe de la fuente de su reflejo y, como tal, no puede tocar, y ella se mira, el espectador, la desea, no puede tocarla ¿A quién tocaría, a la que fue, a la que es, a la que será? Como el futuro, como la añoranza, como la propia quimera por una sola mujer, así esta mujer, que no es sólo una, y no es a solas y está tan sola que sólo puede mirarse, sin mirarse, placebo cruel de su sentido.

El agua, en todas sus formas, elemento de deseo y caricia sin huella: hacerse agua, verterse; ser líquido que se piensa a sí misma, tal es "Placer a solas V"; desde el intaglio de flor de manzano, Rocha nos prepara para lo que habrá de venir, la llegada del clímax para el espectador, la bienvenida al Edén que creímos perdido, la forma exacta de lo que ha ocurrido. Apenas, y al ojo que no se ha permitido el parpadeo, podemos vislumbrar el descubierto pezón descansado, abrazado, no por nosotros – ¡desafortunados!-, mientras al tacto de la flor de manzano nos asumimos en pecado, lo sentimos: ¡susurra un poco más, Sheila Rocha, sólo un poco más! Mas el muslo que no habremos de tocar se erige como nota final, no es el nombre del espectador el que se ha pronunciado, sólo el deseo, deseo final por sí misma, caricia con el tacto que no será el nuestro, expulsados una vez más: los pájaros sobre la flor de manzano.

Todo ha terminado. Somos custodios y cautivos del sonido no escuchado, el tibio sonido que se guarda en nuestros ojos, el sonido imaginado, el susurro de cada mujer en su placer a solas; partícipes e intrusos hemos llegado al final de la serie, recorremos de nuevo, con los dedos, cada uno de los grabados, no sólo los que la artista Rocha nos ha entregado, sino los que han quedado perpetuados, dentro, ante nuestros ojos, en la intimidad ajena y, desde ahora, nuestra.