El Rastro y La Ausencia

El Rastro y La Ausencia

Texto por: Jasmín Cacheux – escritora.

Leí en algún lado, sin ningún pretexto: La vestimenta no provoca un crimen. Y ahora, mientras "leo", las imágenes de Sheila Rocha, El Rastro y La Ausencia, esa vestimenta tiene otros matices. Cada una es la historia de nuestras desaparecidas. Ellas, tan nuestras como de sus padres, tan nuestras que han dejado un rastro con aquello que las arropaba, un atavío cualquiera que una mañana eligieron; una mañana sin despedidas, sin últimas palabras. Sin adioses ni explicaciones. Y el atavío se convirtió en el Rastro de su ausencia, al mismo tiempo es la última presencia en la memoria de sus padres, de su ciudad, de su país.

Sheila Rocha presenta estos monotipos sin edición, lo que acentúa aún más el hecho que cada una de nuestras desaparecidas es única, como su Ausencia, como su Rastro.

Sheila Rocha, en El Rastro y La Ausencia, nos lleva al peregrinaje de nuestras desaparecidas. En cada uno de sus monotipos se deletrea un Se busca. Aquí la vestimenta es el Rastro de la Ausencia. La metáfora de quien ha desaparecido, de la mujer con nombre y apellido, cuya última definición está en su vestido.

Paradójicamente a lo anterior, su vestimenta es la misma que se volvió rastro para su caza: en la aprehensión que la dejó sin rostro, sin respiro, sin olor, sin días que contar, sin palabras que decir, sin lugares que ver, sin…

Los monotipos de Sheila Rocha, viven en los ojos de quien se atreva a mirar, a buscar en sus líneas el rostro que falta, son tantas, son todas, y sobre todo no son de sus padres, son nuestras y de este país que les debe una respuesta. En cada una de nosotros y nosotras hay una desaparecida que se viste todas las mañanas sin saber que será la última, un vestido que no se habrá de poner, la caminata que no dará y una flor azul que clama: "no me olvides".